Un oficio que se pierde, una empresa que no para

Un oficio que se pierde, una empresa que no para

Todo cambia, las personas, las empresas, todo evoluciona, el devenir del tiempo afecta hasta al significado de las palabras…cuando hoy en día hablamos de un escayolista, nos referimos a la persona que va a una casa a instalar un techo de escayola o incluso la tabiquería de pladur. Pero hubo un tiempo en que un escayolista era otra cosa, un artesano o hasta podría decirse que un artista que era capaz de crear una pieza original a partir de la cocción de una piedra en un laborioso y delicado proceso totalmente manual.

Hablar con Juan Calabuig, padre de los actuales gestores de Techos Calabuig e hijo a su vez del fundador de la empresa que dio origen a la actual, supone hacer un recorrido histórico en el cuál somos conscientes de esta evolución que va del oficio artesano a la empresa de distribución. Juan habla con melancolía acerca de ese oficio que le enseñó su padre y que según sus palabra “se pierde por que ya no hay demanda de escayola”. Percibes su entusiasmo y ves como le brillan los ojos cuando te muestra las antiguas creaciones del taller de escayola, muchas de ellas piezas artísticas hechas literalmente por amor al arte, pero del mismo modo te enseña con orgullo las placas de yeso, la lana mineral o una la perfilería de hierro galvanizado, muy consciente de que eso es lo que ha hecho a la empresa mantenerse y crecer.

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Escuchando a Juan uno se da cuenta de que lo verdaderamente importante en una empresa son los valores o la filosofía sobre la cual se sustenta, el modo de hacer las cosas, la seriedad o el trato con los clientes nunca debe variar porque todo lo demás cambia inevitablemente y ahí si que la empresa tiene que estar atenta, para poder virar a tiempo y ofrecer al mercado lo que demanda en cada época.

Lo entendemos así cuando nos cuenta Juan como su padre se recorría durante la década de los cuarenta toda la provincia de Valencia restaurando las iglesias derruidas en la guerra civil. Trabajos de rehabilitación de altares, púlpitos, muros y bóvedas sufragadas por familias pudientes, que en ocasiones llevaban meses y que obligaban a los artesanos a alojarse en casas particulares del pueblo de turno al no existir hoteles u hostales en muchos kilómetros a la redonda. Y cómo después, el trabajo se trasladó a los hogares, a la decoración de las casas familiares, produciendo, fabricando y haciendo la instalación en primera instancia para años después trabajar solo para otros escayolistas, almacenistas o decoradores.

Así se llegó hasta casi la década de los 90, en los años en los que la decoración de escayola empezaba a languidecer y Techos Calabuig comienza a distribuir materiales de construcción de otros fabricantes. Y ya casi entrando en el nuevo siglo el modelo de negocio comienza a parecerse a lo que es hoy en día con la introducción de los materiales aislantes como la lana mineral de roca, los techos desmontables de variedad de materiales, etc. Aún en la actualidad sigue existiendo un artesano escayolista en el equipo de Techos Calabuig para dar servicio a algunos encargos particulares de escasa envergadura, algo anecdótico si lo comparamos con las 10 personas que llegar a trabajar en esta tarea en los años de esplendor de la decoración de escayola.

Difícilmente hubieran imaginado Juan y su padre cuando, por ejemplo, trabajaron hace más de 50 años en la rehabilitación en el Palacio Arzobispal de Valencia que aquel taller de escayolistas sería hoy en día una empresa puntera de suministros de materiales de construcción para el aislamiento termo-acústico, techos, tabiquería seca, suelos técnicos, fachadas, insonorización, impermeabilización y revestimientos para la decoración de interiores.

Pero aunque Juan Calabuig sigua recordando y lamentando con nostalgia “que el oficio se ha perdido” quizá no sea del todo consciente de que lo verdaderamente importante es que su legado no se ha perdido, que ha trascendido y que ese legado es una manera de trabajar, de sentir la empresa, de hacer las cosas de forma profesional, de respetar y asesorar al cliente, de trabajar día a día con el mismo empeño e ilusión que él y su padre lo hacían desde su modesto taller. Techos Calabuig ya no es un taller, tampoco sabemos lo que será dentro de unos años, pero allá donde le lleven los vaivenes del mercado lo hará con la esencia de los valores de siempre.

 

 

 

 

 

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